Монтевидео, Уругвай · декабрь 2018 · Español

Hay que poder relatar

Hoy pasé las cinco horas de mi día de trabajo amontonando ramas de naranjos y cortando las más grandes para hacer leña. Germán, el abuelo de la familia con la que vivimos, me explicó lo que tenía que hacer.

Germán es un hombre bastante enigmático. Lo vemos poco, pues no suele comer con la familia, sino solo, en su oficina. Cuando habla, ya sea en español, inglés o francés —también habla portugués e italiano, aunque nunca lo he oído hablar en estos idiomas—, lo hace de una forma mesurada y pensativa, como si cada palabra tuviera una gran importancia, como si sus palabras llevaran un significado más profundo de lo que dicen.

Sabemos muy poco acerca de su vida. Una tarde nos contó que, cuando era joven y no tenía dinero, dormía en las calles de Madrid. Después de tres días sin comer, según nos dijo, empezó a pensar con una claridad penetrante.

Había otros que dormían en la calle y juntos formaban una especie de comunidad en la que ninguno tenía más ropa que la que llevaba puesta. Todos contaban una historia distinta. Las circunstancias que los habían llevado a la pobreza eran de las más diversas. Es decir, no había nada que los uniera, salvo el hecho de no tener nada.

Aun cuando uno no tiene nada, todavía cuenta con algo: las palabras.

Germán supo convertir aquella situación, no muy lejos de la desesperación, en una experiencia que le ayudó a crecer. Tal vez lo que vivió en Madrid influyó en su manera de hablar, en lo que yo percibo como la enorme importancia que da a las palabras.

Un día, cuando estaba en la cocina, presencié un pequeño episodio que me hizo pensar de nuevo en aquella historia.

Uno de los nietos de Germán, Benicio, entusiasmado por una jugada de un partido de fútbol, quería enseñársela a su abuelo en un video. Germán se negó a mirarlo y le pidió varias veces que se lo describiera con palabras.

Benicio hizo un mohín.

—Hay que poder relatar —le dijo Germán.

El niño salió de la cocina.

Me parece que existe un vínculo entre aquella historia de Madrid y este pequeño intercambio con Benicio. Si le quitamos a una persona todos los objetos que posee, e incluso cosas más abstractas, como su profesión o sus títulos, todavía le quedan sus pensamientos y sus palabras.

Las palabras, más que cualquier objeto de uso cotidiano, resguardan el ser o la esencia de las cosas, y por eso debemos usarlas con respeto y admiración, pues, de alguna manera, nos trascienden.


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